¿Por qué Chesterton se conviritió al catolicismo?

En su Autobiografia(1936) Chesterton va mostrando las distintas etapas por las que fue pasando su alma. Se podrían definir cinco bastante diferenciadas.

Infancia

En la cual ya se vislumbra ese punto central de su filosofía, el asombro agradecido. Nuestro autor confiesa el estupor del niño ante la solidez de la Creación

«Cuando yo era un niño sentía una especie de estupor, confiado, al contemplar un manzano como un manzano. Estaba seguro de ello y seguro también de la sorpresa que me causaba; tan seguro —para decirlo en términos de un proverbio popular y perfecto—, tan seguro como que Dios hace las manzanitas; las manzanas pueden ser tan pequeñas como yo lo era, pero eran sólidas y yo también. Había algo así como una mañana eterna en ese estado de ánimo, y me gustaba más ver un fuego encendido que imaginar las caras reflejadas en la luz del fuego. Hermano Fuego, a quien San Francisco amó, me parecía más un hermano que esas caras de ensueño que surgen ante los hombres que han conocido otras emociones distintas de la fraternidad. No sé si alguna vez he pedido la luna, como vulgarmente se dice; pero de lo que estoy seguro es que yo hubiera esperado que fuese sólida como una colosal bola de nieve».

Período adolescente

Pero la nitidez de la mañana eterna pronto se desvaneció, y Chesterton, influido por el ambiente escéptico y materialista de la Inglaterra de finales del siglo XIX, y por lo que él mismo denomina su experiencia del pecado, llega a un escepticismo radical, o mejor dicho, a una actitud sincretista entre el solipsismo y el idealismo

«Lo que me llama la atención, cuando miro hacia atrás la juventud e incluso la infancia, es la tremenda rapidez con que logran ellas reintegrarse a las cosas fundamentales; llegando hasta la negación de esas cosas fundamentales. En edad muy temprana, tenía ya pensada la vuelta al pensamiento en sí. Es una cosa terrible hacer esto; porque puede conducir a pensar que lo único que existe es el pensamiento. En aquel entonces, no distinguía muy claramente entre el estado de sueño y el de vigilia; no sólo como estado de ánimo, sino como duda metafísica, sentía como si todo pudiera ser un sueño. Era como si hubiese proyectado el universo dentro de mí mismo, con todos sus árboles y sus estrellas; y ésto está tan cerca de la noción de ser Dios, que indudablemente está todavía más cerca de volverse loco. Y sin embargo, no era volverse loco, en ningún sentido médico ni físico; llevaba sencillamente el escepticismo sobre mi tiempo al extremo que podía ir. Y pronto descubrí que podía ir más lejos que la mayoría de los escépticos. Cuando ateos soporíferos venían a explicarme que tan sólo existía la materia, yo escuchaba sumido en una especie de desasimiento, terriblemente tranquilo, porque tenía la sospecha de que lo único que existía era la mente. Siempre he tenido la sensación de que había algo, pobre y de tercer orden, en los materialistas y en el materialismo desde entonces. El ateo me decía con prosopopeya que no creía en la existencia de Dios; pero había momentos en que yo no creía ni siquiera en la existencia del ateo».

Cierta gratitud mística

Poco duró esta etapa de su vida, en la que hubo manifestaciones de depresión. Tan mal se encontraba Chesterton, que lo único que era capaz de hacer cuando volvía a casa después de sus ocupaciones era tirarse en la cama y leer novelas de Dickens. Superada esta fase, se abría un período de optimismo, denominado por nuestro autor de «una cierta gratitud mística». Veamos como nos lo cuenta el mismo Chesterton

«En verdad, la historia de lo que llaman mi optimismo es bastante curiosa. Después de haber permanecido algún tiempo en los abismos del pesimismo contemporáneo, tuve un fuerte impulso interior para rebelarme, para desalojar aquel íncubo o de descartar semejante pesadilla. Pero como estaba luchando todavía conmigo mismo, a solas, y encontraba poca ayuda en la filosofía y ninguna en la religión, inventé una teoría mística rudimentaria y pésima, que era propiamente mía. Y en sustancia, lo que sigue: que incluso la mera existencia reducida a sus límites más primarios, era lo suficientemente extraordinaria como para ser estimulante. Cualquier cosa era magnífica comparándola con la nada. Incluso si la luz del día era un sueño, era soñar despierto; no era una pesadilla. El mero hecho de poder mover los brazos y las piernas (o esos objetos externos, dudosos, situados en el paisaje, que se llaman brazos y piernas) prueba que no tenía la parálisis de una pesadilla. O bien, si era una pesadilla era una pesadilla grata. Es decir, que me había embarcado en una postura bastante parecida a la frase de mi abuelo puritano, cuando dijo que daría gracias a Dios por haberle creado antes, aun en el caso en que fuera un alma perdida. Seguía unido a los restos de la religión por un tenue hilo de gratitud (…) Lo que quería expresar, aunque no supiera hacerlo, era lo siguiente: que ningún hombre sabe lo optimista que es, aun llamándose pesimista, porque no ha medido realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo. En el fondo de nuestro pensamiento, existía una llamarada o estallido de sorpresa ante nuestra propia existencia».

Acercamiento a la teología

Esta gratitud mística necesitaba de un asidero más firme que el simple hartazgo del pesimismo solipsista. La contemplación de las diferentes sectas religiosas y éticas de su entorno llevó a Chesterton a preguntarse por los problemas de la religión. Nuestro autor observaba que sus contemporáneos cambiaban de ideas como se cambia de sombrero. Ideas, por otra parte, que no explicaban los problemas fundamentales de la existencia humana. El escepticismo, el determinismo, el evolucionismo y otros ismos de su época entraban en flagrante contradicción con la experiencia ordinaria y con el sentido común. En particular, molestaban a Chesterton las ideologías deterministas que negaban el libre albedrío y, por ende, la responsabilidad moral de los actos

«Empecé a estudiar más exactamente la teología cristiana general, que muchos odiaban y pocos estudiaban. Pronto descubrí que correspondía, de hecho, a muchas de estas experiencias de la vida; que incluso en sus paradojas correspondía a las paradojas de la guerra (…). Mi impresión general, incluso en aquel entonces, (era) de que la vieja teoría teológica parecía encajar, más o menos, en la experiencia, mientras que las nuevas teorías negativas no encajaban en ningún lado, y mucho menos las unas con las otras».

En este período Chesterton escribe un ensayo —Herejes (1905)—, donde critica las teorías de Shaw, Wells, Kipling y otros. Este libro será la causa próxima de uno de sus mejores ensayos, Ortodoxia (1908).

Conversión

En el último capítulo de su Autobiografía, Chesterton nos presenta la figura encantadora del Padre O’Connor, quien inspiró a nuestro autor al célebre Padre Brown, personaje principal de sus mejores novelas policiales. Lo que más sorprendió a Chesterton fue el profundo conocimiento que este sacerdote católico tenía del mal. La Iglesia Católica penetraba en el fondo de los corazones humanos como nadie sabía hacerlo y solucionaba los problemas espirituales del hombre. Éste fue uno de los elementos decisivos que lo llevaron a la conversión.

«Cuando la gente me pregunta: “¿Por qué ha ingresado usted en la Iglesia de Roma?”, la primera respuesta (esencial, aunque en parte resulte elíptica) es: “Para desembarazarme de mis pecados”. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga realmente, desaparecer los pecados de las personas»[5]. El sacramento de la confesión produjo en Chesterton una confirmación de su infancia, de esa mañana eterna que había perdido en su juventud. Y es algo que está al alcance de cualquier católico: «Cuando un católico sale de confesarse, auténticamente y por definición, sale de nuevo a aquel amanecer de su propio principio y contempla con ojos nuevos, por encima del mundo, un Crystal Palace que es verdaderamente de cristal. Cree que en ese rincón, en penumbra y en ese breve rito, Dios lo ha vuelto a crear a su propia semejanza. Es, ahora, un nuevo experimento del Creador. Es un experimento tan nuevo como lo era cuando sólo tenía cinco años. Se yergue, como dije, en la luz blanca del principio digno de la vida de un hombre. Y las acumulaciones del tiempo ya no pueden inspirarle terror. Aunque esté cano y con gota, sólo tendrá minutos de edad».

Estas consideraciones sobre la confesión llevan a Chesterton a afirmar que la doctrina principal de su vida, que le hubiera gustado enseñar siempre aunque a veces no lo ha conseguido por los extravíos de su juventud, es la de «aceptar las cosas con gratitud y no como cosa debida». Para Chesterton los dos grandes pecados, que impiden la felicidad, son el Orgullo y la Desesperación. Los optimistas y los pesimistas meramente humanos cometen estos dos pecados. Quien con humildad contempla una simple planta —Chesterton pone el ejemplo de un diente de león—, estará asombrado ante su existencia y agradecido al Creador. El pesimista considerará que no hay planta digna para él; el optimista, que hay muchos mejores dientes de león que el que está contemplando delante de él.

«Todas estas capciosas comparaciones están basadas sobre la extraña herejía de que un ser humano tiene derecho a poseer un diente de león y que, de un modo extraño, podemos pedir que nos entreguen los mejores dientes de león del jardín del paraíso, que no debemos agradecimiento ninguno por ellos y que no necesitamos maravillarnos tampoco, y sobre todo no maravillarnos de que nos creyeran dignos de recibirlos. En lugar de decir, como el viejo poeta religioso: “¿Qué es el hombre para que Tú lo consideres”, tenemos que decir, como el cochero de punto descontento: “¿Qué es esto?”, o como el malhumorado coronel en su club: “¿Es ésta una chuleta digna de un caballero?”».

Chesterton sostiene que su filosofía de la gratitud está necesariamente ligada a la teología, porque para agradecer algo hay que saber a quién agradecérselo. Y dada la gratuidad de la existencia, sólo podemos agradecérselo al Creador. Chesterton termina su Autobiografía con un profundo sentido de agradecimiento y de asombro

«La existencia es todavía una cosa extraña para mí, y como a extranjero le doy la bienvenida. Para empezar, pongo el principio de todos mis impulsos intelectuales ante la autoridad a la que he venido al final, y he descubierto que estaba ahí antes de que yo la pusiera. Me encuentro ratificado en mi realización de este milagro que es estar en vida; no de un modo vago y literario, como el que usan los escépticos, sino en un sentido definido y dogmático: de haber recibido la vida por el que sólo puede hacer milagros».

El primer recuerdo de Chesterton, según su propia confesión, fue el de un caballero que se dirigía a un castillo cruzando un puente con una llave dorada. Era un recuerdo de un teatro de títeres que tenía en su casa. Con ese recuerdo, Chesterton pone punto final a su Autobiografía

«Esta convicción arrolladora de que hay una llave que puede abrir todas las puertas, me trae de nuevo, ante mí, destacándose a la memoria mi primer atisbo del glorioso don de los sentidos, y la experiencia sensacional de esa sensación. Y surge de nuevo, como hace tiempo, la figura de un hombre que cruza un puente llevando una llave: tal como lo vi cuando miré, por primera vez, en el país de las hadas, por la ventana del teatro en miniatura de mi padre. Pero sé que aquél, que se llama Pontifex, el constructor del puente, se llama también Claviger, el portador de la llave; y que esas llaves le fueron dadas para atar y desatar, cuando era un pobre pescador en una provincia lejana, junto a un pequeño mar un tanto misterioso».